Trabajo

  • Publicado el: viernes, 06 de marzo de 2026

Entré a ese trabajo con muchísimas ganas de hacerlo bien. Era de esos lugares donde todos parecen muy seguros de sí mismos y yo sentía que tenía que demostrar que merecía estar ahí. Al principio mi jefe era amable conmigo. Me decía que tenía potencial, que solo necesitaba “pulirme un poco”. Yo lo tomé como algo bueno.

Pero después empezó a cambiar la forma en que me hablaba.

Nunca gritaba. Nunca decía algo que sonara obviamente cruel. Era más bien… una forma de hacerme sentir pequeña.

En las reuniones empezó a señalar mis errores frente a todos. Cosas mínimas. A veces ni siquiera eran errores, solo cosas que él habría hecho distinto. Decía frases como “esto es bastante básico” o “pensé que ya sabías manejar esto”.

Lo decía con una sonrisa tranquila, como si fuera una observación normal.

La primera vez me dio mucha vergüenza, pero pensé que era parte del aprendizaje. El problema fue que empezó a pasar cada vez más seguido.

Algo que me confundía mucho era que cuando otros compañeros cometían errores similares, él simplemente lo dejaba pasar. O incluso lo tomaba con humor. Pero conmigo siempre había un comentario extra. Algo que hacía que todos miraran hacia mi lado de la mesa.

Empecé a sentir que estaba caminando sobre vidrio todo el tiempo.

Revisaba mi trabajo una y otra vez antes de entregarlo. A veces me quedaba hasta tarde corrigiendo detalles mínimos porque tenía miedo de que encontrara algo para decir. Aun así siempre parecía encontrar algo.

Recuerdo una vez que me llamó a su oficina y me dijo algo como:
“Te lo digo porque quiero que mejores. Pero a veces siento que esperaría más de alguien en tu posición.”

No levantó la voz. De hecho lo dijo con un tono casi amable. Pero salí de ahí con un nudo en el estómago.

Lo peor fue que poco a poco empecé a creerle.

Antes de hablar en una reunión pensaba demasiado lo que iba a decir. A veces decidía no decir nada para evitar que lo cuestionara frente a todos. Me volví mucho más callada de lo que era antes.

Un día llegué a casa y me quedé sentada en la cocina sin hacer nada durante un buen rato. Me di cuenta de que estaba repasando en mi cabeza una conversación del trabajo, tratando de entender si había dicho algo mal.

Ahí me di cuenta de lo raro que era todo. Nunca había hecho eso antes con ningún trabajo.

Pero aun así seguía pensando que tal vez era mi culpa. Que tal vez no estaba a la altura.

Creo que lo más difícil de todo fue eso: no había un momento claro donde pudiera decir “esto está mal”. No había gritos ni insultos directos. Solo pequeños comentarios, pequeñas correcciones, pequeñas humillaciones delante de otros.

Y al final del día terminaba sintiéndome agotada, como si hubiera pasado todo el día tratando de no cometer un error que de todos modos alguien iba a señalar.

Con el tiempo empecé a notar que ya no era solo el trabajo lo que me afectaba. Los domingos en la noche me daba ansiedad pensar en volver a la oficina. Me despertaba cansada aunque hubiera dormido bien.

Fue extraño darme cuenta de que el problema no era el trabajo en sí… sino la forma en que alguien podía ir desgastando la confianza de otra persona poco a poco, hasta que esa persona empieza a dudar de sí misma en todo.